Parkinson: origen emocional

Parkinson: origen emocional, nos intenta abrir las puertas al porqué de esta terrible enfermedad degenerativa que en alopatía no se conoce su origen. Pero desde el punto de vista emocional, podemos llegar a ayudar evitando que aparezca, corrigiendo nuestro modo de actuar frente a la vida. A eso se debe la explicación de los bloqueos que pueden llegar a generar que aparezca. Ponemos esto a disposición para evitar conductas y sentimientos que podemos cambiar para estar sanos. Y cancelar siempre toda enfermedad en nuestro mundo.

Parkinson origen emocional:

Orígenes emocionales desencadenantes:

BLOQUEO FÍSICO 

¿Qué adjetivos pueden describir mejor lo que siento en mi cuerpo? Tu respuesta representará lo que sientes ante la persona o la situación que ha desencadenado el mal.

Los síntomas característicos de esta enfermedad se asocian en proporciones variables: temblor, rigidez y trastornos complejos de la motricidad voluntaria e involuntaria; el rostro está fijo, la cabeza permanece inclinada hacia delante, el habla se modifica, el timbre de voz se vuelve sordo y cada vez más débil; se altera la escritura y todos los actos de la vida común se realizan con lentitud. Los hombres son los más frecuentemente afectados.

BLOQUEO EMOCIONAL

¿Qué me impide realizar esta enfermedad? Tus respuestas a esta pregunta representan al deseo o los deseos bloqueados. ¿A qué me obliga esta enfermedad? Retoma esta respuesta (o respuestas) y agrega la palabra “no” al principio de cada una de ellas. Estas frases representan tus deseos bloqueados.

En general, esta enfermedad se manifiesta en la persona que tiene miedo de no poder retener a alguien o a algo; por esta razón, comienza en las manos. El enfermo es una persona rígida que desde mucho tiempo atrás se ha reprimido para ocultar su sensibilidad, su vulnerabilidad, su ansiedad y sus temores, sobre todo en sus momentos de indecisión. Su mayor deseo era controlarlo todo y ahora su enfermedad le dice que ha llegado a su límite y que no puede hacerlo, ni para sí misma ni para los demás. Su sistema nervioso se ha cansado de mantener toda esa tensión interior que él creó para ocultar todo lo que sentía.

BLOQUEO MENTAL 

Si en mi vida me permitiera ser. (Repite la respuesta de la pregunta anterior) ¿Qué podría sucederme de desagradable o de no aceptable? La respuesta a esta pregunta corresponde a la creencia no benéfica que bloquea tus deseos y te impide realizar tu necesidad, creando así el problema físico.

Por ser una enfermedad que evoluciona lentamente, la persona afectada tiene la oportunidad de revertir el proceso. Si este es tu caso, aprende a confiar más en el Universo y en la gente. Revisa tus ideas con respecto a ceder ante los resultados que obtienes y los de los demás. Tu parte interna, aquella que cree que tú y los demás debéis conteneros para que todo sea perfecto, está exhausta. Date el derecho de no ser perfecto, de estar indeciso e incluso de equivocarte. De este modo te será más fácil darles ese derecho a los demás. De la misma manera, acepta la idea de que es muy humano tener miedo y de que no puedes ser el hombre o la mujer perfecta que creíste debías ser.

Para todo padecimiento se recomienda tener en cuenta adicionalmente lo siguiente:

BLOQUEO ESPIRITUAL

Si me permitiera este o estos deseos, ¿qué sería? (Utiliza los deseos encontrados en la etapa anterior.) La respuesta a esta pregunta corresponde a una necesidad profunda de tu ser, bloqueada por alguna creencia.

CONCLUSIÓN 

Cuando conoces la creencia no benéfica o la manera de pensar que te impide ser lo que quieres, lo primero que debes hacer para transformarla es permitirte haber tenido la necesidad de creerla, estableciendo contacto con el niño que habita en ti y que la creyó después de haber experimentado un sufrimiento. Después, pregúntate si todavía la necesitas realmente para ser feliz.

Si la respuesta es afirmativa, ello es señal de que todavía te es útil. Tú eres quien gobierna tu vida, de modo que puedes seguir creyendo en ella, pero debes saber que, al actuar así, obtendrás los mismos resultados que has obtenido hasta ahora. No esperes ningún cambio.

Si estás convencido de que esta creencia todavía es cierta pero que el hecho de creerla no te hace feliz, verifica en tu interior si estás tan convencido de su veracidad como hace algunos años. Es muy probable que ahora lo creas mucho menos. Por lo tanto, estás en vías de sanar.

Cuando en lo más profundo de ti sabes que no quieres seguir creyendo la misma cosa, no te queda más que realizar las acciones necesarias para manifestar tus deseos a fin de permitirte ser LO QUE QUIERES SER.

A resolver:

La enfermedad de Parkinson es la deterioración de los centros nerviosos del cerebro, especialmente en las regiones controlando los movimientos. Aparecen temblores que suelen afectar las manos y la cabeza. Cuando tiemblo, es porque siento o veo un peligro que me amenaza o amenaza a una persona a quien quiero; bien el temor a perder el control (¡el cual voy perdiendo cada vez más!), la inseguridad o la impotencia de progresar en la vida. También puedo haber vivido un traumatismo: un abuso o dificultades que dejaron huellas y frente a las cuales vivo los sentimientos siguientes: pena, frustración, culpabilidad, rabia, depresión que me llevan al agotamiento, al desánimo y que quiero huir en vez de enfrentarme a ellos y resolverlos.

Me auto-destruyo lentamente, produciendo la deterioración de la función nerviosa actual. Una impotencia al nivel de la motricidad de mis miembros superiores (en particular mis brazos y mis manos) tiene su origen muy frecuentemente en una situación que vivo en la cual quería rechazar a una persona, una cosa o un acontecimiento o, al contrario, la quería retener y me sentí incapaz de ello (bien físicamente o moralmente).

Si están afectados los miembros inferiores (mis piernas y mis pies), es con ellos que me hubiese gustado rechazar o volver a traer a mí la persona, cosa o acontecimiento de referencia. Tengo el placer de huir de esta situación en la cual me siento desbordado y que percibo sin salida. Debo reasumirme y aprender a controlar MI vida y no la de los demás, haciendo confianza en la Vida y decirme que merezco vivir.

*Si lo desea, puede leer la publicación: El Alzheimer: factores emocionales y mentales” 

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Carta de una mujer al Cuerpo que la contiene

Querido cuerpo:

¡Gracias!

Gracias por contenerme desde el momento en que decidí venir a esta gran aventura, porque sin ti nada de esto hubiera sido posible.

No recuerdo si te elegí, eso dicen, pero lo cierto es que no importa demasiado porque, desde el minuto uno, fuiste el continente perfecto, sin rendirte al acto traumático de abandonar el que entonces era tu medio natural, luchando desde el primer momento por la vida, para permitirme ser, estar, para gritarle a la vida: ¡estoy lista!

Gracias por hacer tu parte de forma silenciosa, por encargarte de mantenerlo todo a punto, sin darte importancia, como si nada.
Gracias por hacerme respirar aún en los momentos en que no había ganas, por realizar ese proceso alquímico de convertir lo que respiro, lo que como, lo que bebo en combustible para vivir.

Gracias por tus avisos, por tu dolor cuando erraba en forma de síntoma físico, por tu palpitar deprisa cuando me encontraba de frente con el amor, por tu sed cuando olvidaba hidratarme.

No siempre tuvimos una relación fácil (la ingratitud de la juventud, supongo). Y es que esos ojos que funcionaban tan bien (gracias también por ello), te miraban sin verte.

Perdona a mi joven ego por pensar que nunca eras demasiado perfecto. Que podría ser más bella, más delgada, más lisa… Perdona por sentir que no eras merecedor de las caricias. Perdona por culparte de no recibir un amor cuando ni yo misma me amaba. Perdón por esconderte y maltratarte, por los excesos, por los maquillajes…

Y mientras tanto, tú seguías sin fallarme, funcionando a pleno rendimiento, estirándote para dar cabida a la mujer que se estaba formando, preparándote por si, en mi libre albedrío, decidía prestarte para albergar otro cuerpo que un día contuviera otro ser.

Y a veces también te odiaba por ello, cada 28 días, pero tú seguías sin rendirte, seguías siendo igual de eficaz, seguías conteniéndome y permitiéndome vivir.
¡Gracias de nuevo!

Y con el tiempo descubrí que el problema no eras tú, sino yo.

Que era yo la que no estaba cumpliendo con mi misión, que tú eras perfecto y que era en otro lugar donde debía buscar el motivo de mi insatisfacción.
Que castigarte, juzgarte, encerrarte no era sino la proyección de lo que estaba haciendo con mi alma, con mi esencia.
Que la ceguera, la ingratitud de estar viva, de tener la capacidad de amar y ser amada, de tocar y ser tocada, de maravillarme con las diferencias y de ser la diferencia, me estaba haciendo equivocarme.
Que no estaba mirando en la dirección adecuada con esos ojos que tan bien veían.

Y hoy, que tan gastados funcionan menos bien, he aprendido a mirar, me he reconciliado con lo que soy. Y puedo verte mejor. Y ya no estás tan terso. Y ya muestras alguna cana. Y aparecen en ti las huellas de la vida, las marcas de cuando ambos contuvimos otra vida, las marcas de cuando decidía someterte a rigurosas dietas para acabar atiborrándote de alimentos que en poco ayudaban para tu buen funcionamiento, y que aún así tú conseguías procesar. Y ya no me parecen feas, y ya no me parecen desmerecedoras de amor; todo lo contrario.

Ahora te amo y me amo, amo el tándem que constituimos.
Y sé que no es tarde. Sé que nuestra reconciliación es para siempre.
Empiezo a poner consciencia en ti: En la parte interna, en cada órgano que trabaja para que cada día pueda disfrutar de la vida, para que pueda crear mi vida. En la piel, no importa cuan bronceada esté, ni cuan lisa, ni cuan luminosa, porque sigue permitiéndome sentir las caricias, el sol, el viento, el calor y el frío; porque sigue siendo vehículo del amor.
En mis sentidos, que me permiten deleitarme con aromas, saborear todo aquello que tú convertirás en combustible, dejarme llevar por la música o por el sonido del mar, ver la belleza que se esconde detrás de todo lo que me rodea, incluso detrás de mis propios ojos cuando miran la imagen en el espejo. En mis manos que me permiten escribirte, ganarme el sustento, acariciar a los que amo, acariciarme a mi. En mis piernas que me llevan, que me sustentan que me anclan a la tierra.

Y en esta consciencia no cabe otra cosa que la gratitud, la disculpa por los años de maltrato, el compromiso de cuidarte como tú lo llevas haciendo tantos años, más allá de la forma.

Se abre una nueva etapa, porque juntos en Amor, la vida se nos ofrece y la vamos a saborear.

  • Desconozco a la autora
  • Fuente :Reconexión Ancestral (Facebook)

*Si lo desea, puede leer la publicación: “Somatizaciones: cómo escuchar cuerpo y mente

El cerebro te protege de tus recuerdos traumáticos

El novelista norteamericano Richard Matheson insinuó una vez que “el nacimiento implica el trauma de la incomprensión”. ¿Querría decir este hombre que el mero hecho de nacer ya implica el primero de nuestros recuerdos traumáticos?

Sea como fuere, tú, al igual que yo, no recuerdas el momento de tu nacimiento. Algo normal, de la misma forma que no te acuerdas de tus primeros años de vida. Sin embargo, seguro que hay otros episodios que, por el hecho de ser traumáticos, tampoco aparecen como accesibles en tu memoria. Son de ellos de los que vamos a hablar.

Experiencias y recuerdos traumáticos

Las experiencias vividas, especialmente durante la niñez, influyen poderosamente en nuestro desarrollo. En el caso de las vivencias negativas, el impacto puede ser tremendo. Muchos de estas experiencias, una vez pasan a ser episodios vividos y recuerdos, podrán permanecer en nuestra mente con una intensidad enorme. Es decir, la huella emocional que dejan es muy poderosa.

Episodios de abusos emocionales o físicos por parte de personas cercanas, por ejemplo, dejan poderosas secuelas psicológicas. En ese caso, el cerebro muchas veces tiende a “sentirse culpable”, y precisamente parece que es ese mecanismo el que también se encarga de protegernos de los recuerdos más traumáticos.

Bloqueando recuerdos

La Psicóloga clínica Lidia García Asensi establece un curioso paralelismo entre un cerebro y un ordenador. Es decir, nuestro cerebro actuaría procesando información en forma de carpetas, que son organizadas y almacenadas. Sin embargo, si llega un recuerdo que sobrepasa su capacidad, se guarda en forma de experiencia vivida en una red de memoria distinta de la habitual.

¿Qué quiere decir la psicóloga con este paralelismo? Que ante los recuerdos traumáticos que nuestro cerebro es incapaz o no quiere procesar, porque han sido capaces de alterarnos a un elevado nivel fisiológico y emocional, son aislados y apartados para que no generen emociones demasiado intensas y difícilmente soportables.

En este sentido, sabemos que las experiencias muy dañinas y traumáticas son capaces de alterar el equilibrio químico del cerebro. Se producen cuando un suceso es de difícil manejo y no somos capaces de comprenderlo, por lo tanto, su aceptación y procesado es altamente complejo.

¿Es positivo este bloqueo?

Podemos considerar que este bloqueo cerebral tiene una parte positiva, ya que nos protege de traumas y experiencias complicadas. Sin embargo, tenemos que apuntar que no siempre es así, especialmente a largo plazo, puesto que “apartar” no es olvidar por completo ni impedir que una experiencia nos influya. Hablamos de un hecho real sin procesar, es decir, un episodio importante al que no le hemos dado sentido y al que no hemos integrado de una manera positiva y coherente en nuestra biografía particular.

O sea, que es posible que posteriormente se presente un “estímulo disparador” en forma de nueva situación o experiencia que provoque que ese recuerdo vuelva a la luz. Se produce de forma inconsciente, pero cualquier pequeñez, por insignificante que parezca, podría reactivarlo y hacernos sentir como en el momento del trauma.

Es cierto que la mayor parte de recuerdos acaban por olvidarse. Sin embargo, los referentes a experiencias demasiado intensas jamás se olvidan, solo permanecen apartados y sin procesar, como dormidos, anestesiados. Esto provoca que, al no estar contextualizados y enfrentados, si vuelven a aparecer, el daño pueda ser muy grande ya que pueden hacer que nos sintamos a la vez muy mal y terriblemente desorientados.

Pros y contras de la protección cerebral ante los recuerdos traumáticos

Como hemos visto, esta protección automática de nuestro cerebro nos puede ayudar o perjudicar. Tiene sus pros y sus contras, aunque siempre será mejor hacer frente a un hecho traumático y superarlo. Sin embargo, no es posible si no se recuerda, como es lógico.

Por un lado, el cerebro nos libera del sufrimiento que supone ese recuerdo traumático. Así, las consecuencias incómodas quedarán de alguna manera amortiguadas en nuestro día a día.

“Una vez que el trauma está bajo control, el miedo es de poca utilidad y disminuye” -Martin Seligman- 

No obstante, podría haber momentos en que una persona sienta cierto malestar sin saber a qué obedezca. Puede ser que haya algún recuerdo oculto que el cerebro ha escondido, pero sigue influyendo en nuestro estado emocional. 

No es para nada sencillo detectar este tipo de traumas, ya que muchos están muy bien escondidos, disociados y hasta bloqueados. Pero es básico trabajar en las experiencias pasadas, ya que, de lo contrario, podríamos sentirnos inundados por emociones de las que desconocemos el origen, y por lo tanto, muy complicadas de regular.

*Nota de edición: lo expuesto en este artículo responde a un modelo de funcionamiento de la memoria que se adapta bien a muchos casos; sin embargo, es necesaria más investigación para descartar otras hipótesis paralelas -que intentan explicar también estos fenómenos-.

*Si lo desea, puede leer la publicación: “Mindfulness” o cómo equilibrar cuerpo y mente.

10 Consejos para aprender a decir “NO” sin sentirte culpable

¿Qué induce a la gente a decir que sí? ¿Por qué es tan difícil decir que no?

  • Halago. La gente que quiere que les des un sí intentará convencerte para que aceptes su petición mediante halagos. Los halagos no son malos en sí, pero debes saber ver cuándo estos halagos son interesados y cuándo no.

  • Presión. En muchas ocasiones dices que sí porque te sientes presionado por compañeros de trabajos, amigos o familiares. No es fácil decir que no ante una intimidación. Por eso es tan importante ser asertivo y guardar la calma sin precipitarte en la decisión que tomes y, sobre todo, que esta decisión sea una decisión tomada libremente.

  • Queja. La queja es un recurso muy utilizado por las personas para que accedas a decir que sí a sus peticiones. Ten cuidado cuando, después de una queja, la persona te pide que hagas algo por ella. Hay que ser consciente de la queja y de su sinceridad y gravedad. Una buena manera de lidiar con la queja de alguien es ser empático, es decir, escuchar al otro sin necesidad de darle una respuesta.

  • Culpa. Seguramente el sentimiento de culpa es una de las razones más potentes por las que la gente dice sí cuando quería decir que no.

¿Por qué a la gente le cuesta tanto decir que no?

Lo cierto es que no existe una única respuesta. Aquí van cuatro posibles razones:

Estas cuatro razones seguramente sean las cuatro razones más poderosas por las que a la gente le cuesta tanto decir que no. Pero saber decir que no es necesario para forjar también tu propia identidad frente a los demás. Para construir esta fuerte identidad que te permitirá decir que no en determinadas situaciones, aquí tienes algunas pautas que te serán de utilidad y que puedes llevar a la práctica en el momento en que debas tomar una decisión:

1. Sé asertivo. La asertividad consiste en encontrar el equilibrio entre la agresividad y la pasividad. Siendo asertivo se consigue ser rotundo cuando se toma una decisión como la de decir que no a otra persona.

2. Se empático, no simpático. No hay que confundir la empatía con la simpatía. Mientras que la empatía se centra en escuchar al otro, la simpatía tiende a responder al otro. Y con frecuencia esa respuesta tiende a ser que sí porque al querer ser simpáticos lo que se tiende es que obtener la aprobación del otro.

3. Acepta que no puedes con todo. Si no eres capaz de decir que no, puede que llegue un punto en que acabes viviendo la vida que han elegido los demás en lugar de la tuya. Lo que sucede es que decir que sí a todo provoca que tu vida pase a un segundo plano, es decir, dediques buena parte de tu tiempo a satisfacer los deseos y las necesidades de los demás poniéndote a ti en segundo lugar. De lo que se trata es de establecer prioridades y ser consciente de que la ayuda que quieras dar sea una decisión propia y tomada libremente. Se puede ser solidario y cooperador sin necesidad de decir que sí a todo el mundo.

4. Sé rotundo sin ser agresivo. Tan importante es decir que no como la manera en que dices que no. De lo que se trata es de decir que no de una forma clara, calmada y nada agresiva. Hay que decir no una vez y solamente no.

5. Evita usar la expresión “es que” después de un no. Es importante que seas breves a la hora de responder que no a una petición. Para decir que no basta con un simple no. Me explico. En ocasiones, al sentirte culpable por decir que no, después de decir no a una petición introduces la expresión “es que”. Por ejemplo: No, es que no tengo tiempo. Cuando introduces la expresión “es que” lo único que haces es mostrar inseguridad y tu No pierde toda la fuerza que que tenía al principio.

6. Entrena el NO. Si sabes de antemano que te cuesta decir que no, entonces es necesario que practiques por tu cuenta y te entrenes para decir no a las personas. Basta con que te pongas frente a un espejo y repitas frases como: Lo siento, no lo haré. De lo que se trata es de que visualices posibles situaciones en las que sabes que la gente te preguntará algo que sabes que la respuesta debe ser no.

7. No tengas miedo. Una decisión nunca debería tener ningún tipo de coacción. Pero bien sabes que la coacción, directa o indirecta, está presente en muchas de las peticiones que te hacen. La gente acostumbra decir que sí porque tiene miedo a perder su trabajo, a perder amigos, a perder el favoritismo de un padre o una madre frente a sus hermanos… Decir que sí por miedo es ir perdiendo paulatinamente tu autoconfianza y tu autoestima. Saber decir que no es, de alguna forma, aprender a renunciar a algo y esa renuncia siempre irá acompañada de incertidumbre, una incertidumbre que debes evitar que se transforme en miedo.

8. Mantén un lenguaje corporal firme. No sólo hay que saber decir que no de palabra. También es importante saber decir que no con tu lenguaje corporal. ¿Cómo hacerlo? Aquí van algunas pautas:

  • Mira a los ojos de la persona a la que le dices que no.

  • Mantén los brazos y las manos firmes.

  • No juegues con pendientes, collares, relojes, pulseras…

  • No cruces tus brazos sobre el pecho.

9. Discúlpate sólo lo necesario. No es malo disculparte tras decir que no, pero esta disculpa debe estar proporciona a la negativa que ababas de dar. Se puede dar una disculpa sin dejar de ser asertivo. De lo que se trata es de que la disculpa no sea desmesurada porque esto lo que hace es debilitar el no que has dado. Aquí van algunos ejemplos de disculpas moderadas.

  • Lamentablemente la respuesta es no.

  • Siento tener que decir que no a tu propuesta.

10. Procura que el no sea un no cerrado, sin opciones. Me explico. Si ya es difícil decir que no una vez a alguien, imagínate tener que decirlo varias veces. Esto sucede cuando el no que das es un no abierto, es decir, un no que deja una puerta abierta a un posible sí más adelante. Pueden darse casos en que un no abierto sea necesario y quiero dejar claro no es algo que vea como negativo. Lo que quiero darte a entender es que cuando la decisión de tu no es firme, debe ser una opción cerrada para ti y para quien recibe tu no. Aquí te dejo algunas respuestas que dejan un no abierto.

  • Creo que no.

  • Me parece que no.

  • Seguramente no.

  • De momento no.

  • No, pero…

Saber decir que no. A modo de conclusión.

Saber decir que no sin que te sientas culpable es una forma inmejorable de reafirmar tu propio yo y tu autoestima. Diciendo que no al otro estás demostrando que tienes personalidad y criterio. Y todo ello sin sentirte culpable por la decisión que has tomado. Acabaré con una cita que me ha gustado mucho a cerca de la importancia no sólo de decir que no, sino también de saber decir que sí. Es una cita de Adam Grant que reza así:

Decir que NO te libera para poder decir que sí cuando más importa.

*Si lo desea, puede leer el artículo: “No mendigues la atención de nadie y mucho menos amor

Bendición Náhuatl

*A mis padres los libero de sentir que conmigo no pudieron dármelo todo o que crean que han fallado. *Los amo y les agradezco que hayan sido instrumento de Dios para que Hoy este aquí.

*Libero a mis hijos de la necesidad de engrandecer mi ego, de querer satisfacer los deseos o metas que yo no cumplí para mí o de que se sientan obligados a enorgullecerme. *Les pido que escriban su propia historia según sus deseos de experimentar y lo que alegre sus corazones.

*Libero a mi pareja de la obligación de complementarme. *Yo estoy completo/a. Nada me falta, todo está dentro de mí y *mi felicidad depende de mí*. Yo aprendo y evoluciono con cada una de mis relaciones y si hemos fallado yo también he sido responsable de atraer esa situación.

*Libero a mis hermanos de toda culpa que sientan por mí, o por hacerles creer que me lastimaron, o si en algún momento los ofendí, los ignoré o los negué. En ningún momento mi intención ha sido la de vivir sus vidas, ni entorpecer sus experiencias, ni pensar que no podían hacerlo bien, ni creerme mejor que ustedes. Los amo. Estoy consciente ahora de que lo están haciendo lo mejor que pueden y confío plenamente en sus habilidades y fortalezas para labrarse (conseguir) la vida maravillosa que siempre han soñado para ustedes.

*A mis abuelos y ancestros que se fueron encontrando para que yo, hoy, aquí, respire vida en nombre de ellos, los libero de las culpas del pasado y de los deseos que no cumplieron.
Consciente de que todo lo que hicieron fue lo mejor que pudieron hacer para resolver cada una de las situaciones que enfrentaron, con los recursos que tuvieron y desde el nivel de conciencia que tenían en ese momento.

*Les honro con mi vida, haciendo de ella lo mejor que pueda para hacerla feliz, digna y próspera. *Los amo y reconozco a todos y cada uno de ellos. 

*Me contemplo ante sus miradas, y les expreso mi gratitud y todo mi amor para que sepan que no oculto ni debo nada más que ser fiel a mi mismo/a y a mi propia existencia, de esa manera los honro.

Lo que aprendí de todos ustedes me hace ser quien soy y me permite transitar el camino de mi vida con sabiduría, consciente de que cumplo mi propio proyecto de vida, libre de lealtades familiares invisibles y visibles, libre de ataduras y creencias que puedan perturbar mi Salud, Alegría, mi Paz y Felicidad.

*Renuncio al Rol de Salvador/a y Redentor/a, de ser quien une o cumple expectativas ajenas. Aprendiendo a través y sólo a través del Amor /aceptación, permitiendo Ser a cada quien tal como quiere Ser y permitiéndome Ser quien verdaderamente Soy.

*Bendigo la esencia más expandida de mi Ser, la cual es Maravillosa, Espléndida y Notable (Yo Soy), que a través de mi forma única de expresarme, y aunque alguien no pueda comprenderme. Yo solo me expreso como Soy, porque sólo yo he vivido y experimentado mi propia historia, porque me conozco, sé quien Soy, lo que siento, lo que hago y porqué lo hago.

*Me acepto, me respeto, me apruebo y me responsabilizo solo por mí, con amor/aceptación y comprensión.

*Honro la Divinidad en mí y en ti… Ahora quedamos libres para amarnos.

Les Amo. Les acepto en mi vida y experiencia de vida.
Gracias, Gracias, Gracias ❤

*Si lo desea, puede leer la publicación: “Cartas de drenaje para soltar emociones” 

En el amor hay quien solo usa la lupa, cuando lo que necesita es un espejo

Hay quien en eso del amor actúa casi como un auténtico francotirador. Una de sus estrategias más comunes es poner la lupa sobre la pareja para señalar defectos, errores y los supuestos puntos débiles hasta el punto de invalidarla.

Es el paradigma del cobarde, de la persona que no entiende que, en el amor, más que lupas lo que se necesitan son espejos. En lo referente a las relaciones afectivas nadie puede enarbolar la bandera de la sapiencia absoluta. La mayoría hemos rodado más de una vez por el precipicio de los errores con toda la caballería de sueños y esperanzas detrás de nosotros, hemos naufragado incluso en el océano de los amores imposibles y también en el de las pasiones cobardes, esas que no se atrevieron a darlo todo por miedo o por simple indecisión.

“El comportamiento es un espejo en el que cada uno muestra su imagen” -Goethe-

Ahora bien, hay un tipo de relación que suele causar más estragos que cualquier otra, y es esa donde un miembro de la pareja -a veces incluso ambos- actúan como auténticos de-constructores de identidades. Son esos perfiles que focalizan su atención en todo aquello que no les agrada o les incomoda de la pareja con el fin de cosificar, ridiculizar y controlar al cónyuge. Lo hacen porque es así como asumen las riendas, como logran maquillar su autoestima herida.

Casi sin darnos cuenta, quedamos atrapados en una rueda de hámster donde la propia inercia nos arrastra, nos diluye y nos atrapa ad eternum en una peligrosa dinámica de infelicidad. Una dinámica en la que quien siempre lleva la lupa en la mano, es incapaz de mirarse ante el espejo para descubrir sus pozos sin fondo, sus abismos de inmadurez.

LA COMPLEJA SUPERVIVENCIA DEL AMOR: TODA LA CULPA LA TIENE LA OTRA PERSONA

Howard Markman es profesor de psicología en la Universidad de Denver y uno de los investigadores más conocidos sobre relaciones de pareja. En el mercado editorial tenemos un gran número de trabajos suyos que nos ilustran con precisión y originalidad muchos de problemas afectivos que se dan en el marco de lo común y lo cotidiano.

Una de las ideas más interesantes que nos explica el doctor Markman es que la mayoría de personas que acuden a terapia de pareja van convencidas de que toda la responsabilidad de los problemas y la infelicidad experimentada es del cónyuge. Asimismo, albergan también la infructuosa esperanza de que el terapeuta lo que va a conseguir es sanarles, o más concretamente, “curar” ese comportamiento equivocado que ejerce nuestra pareja. Si fuera por ellos, y lo que muchas veces esperan del profesional, es que les dé la razón y llame a consulta a su pareja para tirarle de las orejas por su mal comportamiento.

Ahora bien, detrás de un problema de pareja no suele haber un problema de salud mental, más bien suele haber un problema en la dinámica relacional. Una dinámica que han construído e instalado los dos, mediante la que se relacionan.

Para el doctor Howard Markman las quejas que llegan a consulta relacionados con la pareja suelen estar asociados también a determinadas carencias en educación emocional y habilidades psicológicas. Así, lo que propone es que desde bien temprano se introduzca en currículum de las escuelas un área específica llamada psicoeducación”.

La finalidad de la psicoeducación tendría como propósito aportarnos estrategias, herramientas y habilidades para ser capaces de ayudarnos a nosotros mismos. Sería, por tanto, aprender a poner el espejo en uno mismo para identificar los propios miedos, las inseguridades y, lo que no menos importante, derribar todos esos roles rígidos y esquemas de género que nos impone la propia sociedad.

No podemos olvidar, por ejemplo, que en materia de amor, hay quien se deja llevar por esos esquemas prefabricados, incluso heredados de las propias familias, donde asumir aquello de que es “mejor callar y aguantar un poco más”, de que “si no hace esto y lo otro es que no me quiere, y por tanto me enfado y me impongo porque yo mando”…

Se trataría, en esencia, de asentar unas bases de adecuada calidad humana y auto-conocimiento para cuidar de nosotros mismos y aportar así nuestra mejor versión y fortalezas a las relaciones de pareja.

El amor no cura si uno mismo no se ama

En ese tejido rico, complejo y siempre en crecimiento que conforman las relaciones afectivas, siempre habita un pequeño reservorio para los conflictos. Lejos de verlo como algo negativo -como el virus que puede dar pie a una enfermedad debemos asumirlo como un motor que nos permitirá conocernos mucho mejor para crear un vínculo mucho más fuerte, un tejido más resistente.

El amor nos empuja a tener fe en los demás y el mismo respeto que se tiene por la propia -Mahatma Gandhi-

Los conflictos ponen en movimiento las fibras más sensibles de nuestro ser, lo sabemos, pero a menudo, lo hacemos poniendo la lupa en los supuestos defectos del otro de una forma casi obsesiva, delirante. Lo hacemos sin ser conscientes de nuestra “cuota” de responsabilidad emocional, sin darnos cuenta que a veces, avanzamos por el mundo tan desnudos y con tanto frío que lo único que deseamos es que alguien sea nuestro vestido, un refugio sin fisuras, una segunda piel capaz de curar toda herida.

Sin embargo, debemos tenerlo claro: esta fórmula nunca funciona. Porque quien actúa también como “dador”, quien solo se siente útil cuando es necesitado, está anclado a una relación dependiente, a esa rueda de hámster de la que hablábamos al inicio donde tarde o temprano, nos faltará el aliento, la vida y la dignidad. Porque quien está ahí solo para ofrecer vivirá siempre bajo esa lupa exigente que busca la perfección absoluta para nutrir vacíos y necesidades ajenas…. Y lo que es peor, nunca se sentirá satisfecho.

No lo permitamos, pongámonos todos delante del espejo para reencontrarnos con nosotros mismos y con nuestra autoestima. No nos dejemos arrastrar a ese territorio donde el peaje para ser amado es la propia infelicidad.

Causas emocionales de la ludopatía: adicción al juego

La ludopatía, llamada también ludomanía o jugador compulsivo, consiste en una incontrolable necesidad de jugar juegos de azar, afectando el comportamiento del jugador de forma negativa y no productiva. 

Se trata de una adicción al juego que es motivo de muchas peleas, discusiones, descuido del hogar, despilfarro del dinero, desatención personal y social (alimentación, relaciones familiares, sexo, salud, etc…), etcétera, provocando divorcios y otras consecuencias severas. Esta afección se ha relacionado con adicciones como el alcoholismo o drogadicción.

Un jugador compulsivo tiene todo su enfoque en el juego. Sin duda, la distracción es muy fuerte y, como toda adicción, incontrolable. Muchos pensarían que este impulso es una cuestión que implica meramente una necesidad de ganar dinero, pero parece que va más allá, es decir, que el jugador compulsivo juega muchas veces por el sólo placer de estar jugando, y no se es capaz de parar.

El jugador compulsivo es atrapado, entonces, por una actitud impulsiva e incontrolable para aceptar riesgos, pierde consciencia progresivamente de la realidad y comienza a actuar contra su propia razón y sentido común para obtener, constantemente y de forma ansiosa, el dinero para jugar, el cual escapa de sus manos rápidamente.

¿Por qué se padece está adicción?

Como toda adicción, lo más probable es que el jugador compulsivo experimente un dolor emocional severo, puede ser un dolor de rechazo, de no adaptación, de incomprensión, de falta de amor. Al resistirse muchas veces a buscar ayuda profesional o al no tener una orientación adecuada que le ayude a entender sus emociones, encontrará una forma de escaparse ya sea a través del alcohol, las drogas u otros placeres pasajeros como el juego compulsivo.

Las adicciones son formas en que el individuo trata de menguar un dolor emocional fuerte por medio de un supuesto placer. Un jugador compulsivo sin duda intenta atenuar y apartar su inconformidad, soledad, ira o rebeldía con estos momentos de distracción, en donde la carga de adrenalina sube tanto que en verdad hace “olvidarse” al jugador de todo lo demás. El descuido de su salud, de sus relaciones y demás sólo refleja la evasiva a su mismo dolor.

Sin embargo, es inútil apartar el dolor por este alejamiento sino que se engrandece, por lo que en el jugador va aumentando la necesidad de jugar y jugar y jugar. Es por eso que en muchos casos esta adicción va acompañada también de alcohol, de drogas, sexo y todas las evasivas posibles. Los estados emocionales del afectado tienden a ser indiscutiblemente depresivos, y esto lo expresan de muchas formas, con rebeldía, mal carácter, se sienten afectados o víctimas constantemente por lo que les rodean y agreden o se agreden a si mismos, llegando en muchos casos a la violencia. Estos comportamientos los hace ir cayendo cada vez más en un estado de soledad o aislamiento que los hace necesitar más de estímulos externos para aislar su dolor.

Síntomas:

• Sentir ansiedad o desesperación de conseguir más dinero para jugar.
• Necesidad de apostar cantidades cada vez más grandes de dinero.
• Sensación de soledad, frustración y/o dolor después de jugar.
• Haber intentado jugar menos muchas veces, sin conseguirlo.
• Mentir sobre la cantidad de tiempo o dinero gastada en el juego.
• Cometer acciones no legales para conseguir dinero para el juego. 
• Desatención y/o pérdida del trabajo, relaciones, estudios debido al juego.

¿Qué se puede hacer?

Las causas que llevan a una persona a esta adicción pueden venir desde mucho tiempo atrás: en especial, la falta de cultura emocional para que el individuo vaya entendiendo y madurando los sentimientos de frustración, dolor, depresión y todas esas experiencias en la vida que pueden resultarle intolerantes y que más tarde le condicionan a escaparse de lo que siente.
Lo ideal es consultar con un profesional en el caso y llevar al afectado directamente con él. Sin embargo, la posible resistencia de la persona a ser ayudada resulta muchas veces un gran impedimento. En este caso es importante que las personas que rodean al jugador compulsivo eviten sentirse culpables, decaídas o desesperadas por el comportamiento de éste. En realidad estas actitudes no ayudan en nada y lo único que harán es aumentar un ambiente de tensión y depresión. Lo mejor es no permitir que uno hunda a todos.

Sin embargo, cuando hay disposición del afectado a ayudarse, se puede no sólo buscar ayuda profesional, sino seguir estos consejos a medida que sean posibles.

Si tú eres un jugador compulsivo y ya no quieres serlo, puedes seguir estos consejos:

1. Debes de estar muy consciente de tu situación y no negarla ni rechazarla, sino admitirla. No la veas como algo malo o reprobado, y no te castigues por jugar sin control. Admite lo que haces, simplemente.

2. Haz el esfuerzo por realizar una actividad física al menos una hora al día, corre, ve al gimnasio, nada y anda en bici, lo que sea, aunque después te vayas a jugar. Díte a ti mismo: no iré a jugar si no cumplo con esta sesión de ejercicio. Esto, además de oxigenar tu cerebro y vigorizarlo, te ayudará a ir educando tu mente. 

3. Busca lecturas que te hagan comprender mejor lo que sientes y que te hagan profundizar más acerca de todos los talentos que tienes.

4. Busca alguna clase de música, de baile, de algún otro idioma o de alguna actividad que te distraiga, te guste y te mantenga ocupado creativamente. Al principio quizá no sientas muchas ganas, hay que hacer mucho esfuerzo para vencer una adicción, cierto, pero al comenzar a relacionarte en un nuevo ambiente poco a poco irá cambiando tu perspectiva emocional. No te decimos que nunca más juegues, porque el jugar es algo muy interesante y la emoción de ganar también. Pero recuerda que el juego se acaba donde empieza la dependencia…

5. Hay muchas terapias alternativas que te pueden ayudar y apoyar, como las Flores de Bach, el reiki, la fitoterapia y la bioenergética. La medicina natural es ideal para ayudarte no solo a sentirte mejor y bajar tu ansiedad, estrés, e impulsividad, sino a entender y madurar tu energía emocional, la cual está íntimamente relacionada con la adicción al juego.

“Toda adicción surge de una negativa inconsciente a enfrentar el dolor y salir de él. Toda adicción comienza con dolor y termina con dolor. No importa a qué sustancia sea usted adicto: alcohol, comida, drogas legales o ilegales, o a una persona, usted está usando algo o a alguien para ocultar su dolor” (Eckhart Tolle)

*Si lo desea, puede leer la publicación: “El inconsciente nos dirige, nos manipula y nos somete

Dejar de hablar a alguien como castigo

El silencio a veces cumple la función de castigo. Dejar de hablar a alguien es una salida a la que muchas personas acuden para “expresar” su enojo, su inconformidad o sus reproches.

¿Cómo de eficaz es este método para superar un problema o lograr que alguien cambie? ¿Qué significa la decisión de evitar las palabras cuando hay un rencor que arde?

Establecer un diálogo con alguien no es fácil, en especial si hay un conflicto que no parece tener vías de solución. Pero si en lugar de abordar el tema directamente lo que se hace es dejar de hablar al otro, lo único que se logra es introducir una tensión adicional. A la disputa no resuelta se suma un limbo que puede llegar a ser una verdadera incubadora de veneno.

“Habla para que yo te conozca” -Sócrates-

Muchos, sin embargo, en el fondo no tienen interés en resolver el conflicto mediante el diálogo. Lo que desean es que el otro se someta a su propio punto de vista. Entonces utilizan el silencio como castigo, para que el otro se doblegue. Finalmente se trata de una actitud infantil y lo peor es que no resuelve nada. Eso sí, proporciona una gratificación egoísta.

LAS RAZONES PARA CASTIGAR CON EL SILENCIO

Hay todo tipo de argumentos para defender la idea de que dejar de hablar a alguien es válido. En el fondo, lo que se busca es castigo. Que entienda que hay un reproche en esa ausencia de palabras. Pero, ¿por qué no decirlo, sino tramitarlo a través del silencio?

Estas son las principales razones que esgrimen aquellos que optan por esta medida:

  • Es mejor dejar de hablar a una persona que participar de una discusión en la que se intercambien insultos.

  • Esa persona no me escucha. Por más que le pido que cambie, no me hace caso. Entonces, es mejor no decir nada porque, ¿para qué?

  • Tiene que disculparse conmigo por lo que me hizo (o me dijo, o no hizo, o no dijo). Hasta que no lo haga, voy a dejar de hablar.

  • Para qué hablar si siempre llegamos al mismo punto. Mejor dejar de hablar para ver si entiende que no voy a ceder.

En todos los casos se afirma que el silencio es la mejor opción para tramitar el conflicto. Por una razón u otra, la palabra se ha mostrado ineficaz. Se acude entonces a la decisión de dejar de hablar a alguien para que esto sea asumido como un castigo y, en consecuencia, el otro reconsidere su actitud.

DEJAR DE HABLAR A ALGUIEN ES AGRESIVO

Un silencio puede tener multitud de significados. Algunos de ellos son realmente violentos. Dejar de hablar a alguien es asumir una actitud pasivo-agresiva. Esto quiere decir que se está violentando al otro, pero de manera implícita. La mayoría de las veces este tipo de actitudes son tanto o más nocivas que la agresión directa, y lo son porque el silencio se convierte en un vacío que es susceptible de cualquier tipo de interpretación.

Para quien deja de hablar a alguien hay razones claras. También hay una expectativa clara frente a lo que esta situación debe traer como desenlace. Pero, a quienes acuden a estos recursos habría que preguntarles: ¿estás seguro de que el otro comprende realmente el significado de tu silencio? ¿Jurarías que la mejor manera de lograr que cambie, o haga lo que tú quieres que haga, es atacándolo con la falta de diálogo?

El silencio alarga distancias. Y la distancia no suele ser un buen aliado para la comprensión o para restaurar lazos rotos o dañados. Por el contrario, contribuye a ahondar las diferencias.

Por otro lado, dejar de hablar a alguien puede funcionar momentáneamente. Se impone el castigo y el otro reacciona: vuelve para disculparse, prometerte cambios o hacer lo que tú quieres. Sin embargo, a largo plazo también termina incubando pequeños rencores que pueden crecer. El silencio rara vez resuelve el conflicto de fondo o da paso a su resolución, solo lo encubre.

LAS SANAS FUNCIONES DEL SILENCIO

Es cierto que a veces es mejor callar. Cuando estamos muy exaltados, por ejemplo. La ira hace que exageremos y nos preocupemos más por herir al otro que por expresar realmente lo que pensamos o sentimos. En esas condiciones nada mejor que dejar de hablar mientras recuperamos la compostura. Bajo esas circunstancias, se trata de una decisión inteligente.

En cambio, dejar de hablar para castigar o propiciar que otra persona “se rinda” como hemos dicho es raro que traiga buenos resultados.

A veces nos enfrentamos al reto de expresar nuestra ira o nuestro enfado, pero sin herir al otro. La salida no está en dejar de hablar, sino en buscar y encontrar los medios para tender puentes hacia la comprensión. La ausencia de palabras puede hacer que el otro ceda, lo que no significa que el conflicto desaparezca. Por otro lado, también puede pasar que el otro no lo haga y que lo que en un principio era un copo de nieve se trasforme en una bola.

Quizás lo necesario sea buscar mejores condiciones para conversar. También una forma diferente de expresar nuestra inconformidad. Cambiar el espacio rutinario por otro más cálido y amable a veces contribuye a que la comunicación se renueve.

Hablar desde el corazón, siempre remitiéndote a lo que tú sientes y no lo a lo que supones que siente el otro es una fórmula que no suele fallar. Inténtalo.

*Si lo desea, puede leer la publicación: “Lo que no decimos enferma

¿Cómo poner fin al terrorismo?

Comprende sus raíces. Porque el origen de la violencia, el odio, la guerra santa y el ánimo de venganza sangrienta está en todos y cada uno de nosotros. La violencia comienza en TI, amigo.

Ninguno de nosotros está apartado del río de la humanidad. Ninguno de nosotros somos individuos separados de la totalidad, sino parte de algo mayor; contribuimos al río, tenemos nuestro Ser en el río, y en ese sentido, somos responsables de la totalidad del río.

“Tú eres el mundo y el mundo es tú” -Krishnamurti-

La violencia comienza cuando nos separamos del río y de los demás, al menos en nuestra mente. Nos alejamos de nuestra vitalidad y nos definimos conceptualmente, reduciéndonos a una cosa. Bueno, malo. Correcto, incorrecto. Cristiano, judío, ateo. Creyente, no creyente. Un éxito, un fracaso. Indio, americano, australiano. La verdad se convierte en un arma. Tomamos partido. Creemos que hay otros.

Olvidamos nuestra naturaleza compartida, que todos somos hermanos y hermanas, una misma fuerza vital en movimiento, la misma consciencia, el agua de la Vida.

Internamente nos ponemos en guerra con nuestros propios pensamientos, con nuestros propios sentimientos. Nos alejamos de nuestro dolor, de nuestra duda, de nuestro miedo, de nuestros anhelos, los llamamos “negativos” omalos”. Nos dividimos en dos, el “yo bueno” contra el “yo malo”, el santo contra el pecador, la luz contra la oscuridad, lo sagrado contra lo profano. Podemos incluso tratar de “deshacernos” de o “aniquilar” nuestra tristeza, nuestra duda, nuestro miedo, nuestros impulsos sexuales, nuestros pensamientos ‘impuros’. El comienzo del genocidio.

Dentro. Todo comienza dentro.

Lo que rechazamos en nosotros mismos terminamos rechazándolo en los demás. Lo de “aquí” se convierte en lo de “allá fuera” en un abrir y cerrar de ojos. Sus imperfecciones. Sus defectos. Sus dolores, sus alegrías, sus dudas, su debilidad; son realmente nuestros. Sus pensamientos extraños, sus sentimientos “erróneos” o “vergonzosos”, sus tinieblas, sus pecados; en realidad son nuestros. Tratamos de cambiarlos, arreglarlos, salvarlos. Los juzgamos, los humillamos, les tenemos lástima, les tememos. En nuestra frustración, podemos hacerles daño. En nuestra rabia, podemos incluso matarlos. Al buscar la totalidad, pasando por alto que eso es lo que somos, al olvidar el amor que nos compone, podríamos destruir todo y a todos los que nos rodean. En nombre de la “libertad”. En el nombre de “Dios”.

La forma de acabar con el terrorismo es verlo, entenderlo, cortarlo de raíz. Mira cómo la guerra comienza dentro. Observa cómo la violencia empieza en cada uno de nosotros.

Cada vez que hacemos a un lado un pensamiento o un sentimiento, cada vez que los deshonramos, que los culpamos; cada vez que le damos la espalda a nuestra ira, a nuestra tristeza, a nuestra duda, a nuestro miedo; cada vez que juzgamos o atacamos a alguien en lugar de enfrentar nuestro propio trauma aún sin resolver, esparcimos las semillas del terror. Sin embargo, cada vez que abrimos nuestros corazones y hacemos espacio para aquello que nos está incomodando; cuando traemos una atención amable y curiosa al dolor que sentimos dentro, cuando respiramos justo en lo que desearíamos destruir, recordamos nuestra inmensidad, nos volvemos a poner en contacto con el amor que arde dentro, y nos volvemos parte de la solución, del río.

Y entonces, porque hemos respirado ahí, quizás la humanidad tenga una oportunidad.

  • Autor: Jeff Foster

*Si lo desea, puede leer la publicación: El círculo de la vida no elige “bandos” 

Cada persona libra su propia batalla

Lo cierto es que cada persona libra su propia batalla interna (algunos hasta la III Guerra Mundial). Una batalla de las que muchas veces desconocemos los detalles más importantes porque éstos solo están registrados en la mente de la persona que la libra. Por otro lado, una persona con buena o mala intención, rara vez es consciente de lo dañina que puede llegar a ser para los demás y para ella misma.

Esta inconsciencia se vuelve frecuente por una razón ajena a la intención: nuestra mente es como una locomotora que crea pensamientos sin pausa, de una forma frenética y vertiginosa. Da vueltas a todo, elabora hipótesis de lo que sucede a nuestro alrededor, hace suposiciones, crea nuevas ideas y conceptos, piensa y vuelve a pensar, anticipa lo peor y emite juicios sobre otros… Y también sobre nosotros mismos. Claro.

Ese incesante martilleo nos tortura, nos daña y como recuerdo nos deja basura mental. Los científicos afirman que tenemos más de 60000 pensamientos al día. Se estima que muchos de estos pensamientos (el 80% aproximadamente) en la mayoría de personas son negativos, tóxicos, disfuncionales…

Actuamos en automático gran parte del tiempo. Así, estamos extremadamente influenciados por nuestras creencias; convicciones que se formaron en nuestra tierna infancia y se arraigan a través de nuestras experiencias. Algunas de estas creencias están en nuestro subconsciente, y de esas creencias nacen nuestros pensamientos y juicios más inmediatos.

La mente y sus engaños

Si algunas de tus creencias son erróneas o enfermizas, muchos de tus pensamientos y juicios también lo serán. Constantemente estamos juzgando, nos juzgamos a nosotros mismos y a los demás. Pero lo cierto es que la consecuencia más frecuente es el sufrimiento. Nuestra mente emite juicios para protegernos, por propia supervivencia, pero esto no quiere decir que en última instancia estos juicios secunden el propósito para el que fueron “convocados”.

Pensamos que el otro tiene el mismo punto de vista que nosotros y en parte por eso sufrimos tanto. Pero no, cada uno percibe la vida con unas gafas diferentes y lo que para mí significa una cosa, para ti probablemente signifique otra. Y en esa mentira de creer que todos deberían de tener nuestro punto de vista (el nuestro por supuesto), nos atrevemos a juzgar al otro. Incluso a nosotros mismos, olvidando la falacia que encierra juzgar el pasado desde el futuro, conociendo las consecuencias de una acción que entonces no eran seguras, solo probables. Al igual que algunas otras.

En los dos casos no son los demás los que te hacen sufrir. En el primero son las propias expectativas que tienes sobre esas personas las que te hacen sufrir. Esperamos que los demás sean como nosotros deseamos y nos volvemos incapaces de aceptarlos como realmente son. Ese es el principio y el final de la batalla, al mismo tiempo.

Paradójicamente, cuando dejas de juzgar y machacar a los demás, también dejas de juzgarte y machacarte a ti mismo, porque la forma con la que juzgamos también suele ser el modo con en el que nos juzgamos.

La aceptación y el amor lo curan todo

Cuando aceptas tu esencia (incluidas todas tus sombras), comienzas a ver con ternura las sombras de los demás. Cuando creemos que alguien nos ataca, en el fondo puede que ese alguien esté librando su propia batalla interna. Lo hacen desde la inconsciencia, desde sus heridas emocionales y sus estrategias de supervivencia aprendidas en la niñez, cuando se sentían profundamente heridas en su búsqueda de amor y aceptación. A veces, muchas veces, todo ello les lleva a actuar así.

Por eso, cuando creas que alguien te ataca, recuerda que es probable que no sea un ataque consciente, sino una sombra que tú imaginas o que el otro proyecta sin intención, al menos sin esa intención.

“El amor aumenta a medida que el juicio decrece”

Hemos de aceptar cuando otras personas no se comportan como a nosotros nos gustaría, cuando nos nos cuidan de la manera que deseamos pero lo hacen de otra. Estamos aquí para amar antes que juzgar, para sentir antes que razonar. Así, si alguien dibuja un círculo para excluirte, dibuja tú uno más grande para incluirle.

Recuerda que el amor aumenta a medida que el juicio se hace flexible, compasivo y piadoso. El amor nos da felicidad, el juicio estricto nos aporta sufrimiento. No entiendas el amor incondicional como algo que se puede quitar como un refuerzo o un castigo: el amor incondicional está por encima de eso.

¿Víctima o responsable de la batalla?

Si dejamos de juzgar y empezamos a mirar con el corazón, nuestro sufrimiento empezará a desaparecer. O eliges ser víctima o eliges ser responsable. La víctima justifica, miente, culpabiliza, se queja y se rinde. El responsable asume que lo que tiene en su vida no se debe a las circunstancias externas, sino que lo ha creado él mismo y él mismo es el único que puede cambiar su realidad.

La vida te va a proveer de experiencias para que abras los ojos, pero es decisión tuya ser víctima o responsable. Y el que no aprende de su propia historia, la vida lo condena a que se repitan sus errores. Serán experiencias diferentes en sus formas, pero igual en su fondo.

*Si lo desea, puede leer la publicación: “Terapias neurocientíficas: el bienestar está en tu cerebro