Cuando te permites lo que mereces, atraes lo que necesitas

Empezaremos proponiéndote una pequeña reflexión… ¿Qué es lo que crees que te mereces a día de hoy? Puede que hayas pensado en un descanso. En permitirte que el tiempo discurra un poco más despacio para poder así, apreciar todo lo que te rodea. Disfrutar del “aquí y ahora”, sin estrés, sin ansiedad.

Es posible que hayas pensado también que mereces alguien que te quiera, que te reconozcan un poco más. Sueles esforzarte mucho por los demás y no siempre ven todo aquello a lo que has llegado a renunciar.

Todos, en nuestro interior, sabemos qué es lo que merecemos. No obstante, el reconocerlo es algo que a veces nos cuesta porque pensamos que puede llegar a ser una actitud egoísta.

¿Cómo decir en voz alta cosas como “necesito que me quieran”, “merezco ser respetado/a”, “merezco tener libertad y tener las riendas de mi vida”? En realidad, basta con decírnoslo a nosotros mismos.

No debemos equivocarnos, porque priorizarnos un poco más no es una actitud egoísta, es una necesidad vital, es poder crecer interiormente para ser felices. Te invitamos a reflexionar con nosotros.

Cuando eres consciente de lo que mereces, y por fin, te lo concedes, y aprendes a priorizarte un poco más a ti mismo, llegará lo que necesitas en realidad. No es magia, ni es el universo tejiendo sus leyes de atracción. Es nuestra propia voluntad para ser felices, para tomar las riendas de nuestra vida…

Las actitudes limitantes

Muchos de nosotros solemos desarrollar a lo largo de nuestra vida muchas actitudes limitantes. Son creencias en ocasiones inculcadas durante nuestra infancia, o incluso desarrolladas posteriormente en base a determinadas experiencias. Son esos pensamientos expresados en frases como “no valgo para nada”, “yo no soy capaz de hacer eso, fracasaré”, “¿Para qué intentarlo si siempre me salen las cosas mal?”…

Una infancia complicada con unos progenitores que nunca nos dieron seguridad, o incluso relaciones afectivas basadas en la manipulación emocional, suelen limitarnos casi de un modo determinante. Nos volvemos frágiles por dentro y vamos poco a poco, deshilachando nuestra autoestima.

Reestructura tus creencias. Tú eres más que tus experiencias, no eres quien te hizo daño o quien alzó muros para privarte de tu libertad. Mereces avanzar, mereces leer en tu interior y reconocer tu valía, tu capacidad para ser “apto” en la vida y sobre todo, feliz…

Lo que mereces, lo que necesitas

Lo que merecemos y lo que necesitamos está tan unido como el eslabón de una cadena.Te pondremos un ejemplo: “Necesito a alguien que me quiera”. Es un deseo común. No obstante, empezaremos cambiando la palabra “NECESITO”, por “MEREZCO”.

Te mereces a alguien que sepa leer tus tristezas, alguien que atienda tus palabras, que sepa descifrar tus miedos y ser el eco de tus risas. ¿Por qué no? Al cambiar la palabra necesidad por merecer, eliminamos ese vínculo de apego tóxico que en ocasiones, desarrollamos en nuestras relaciones afectivas.

Si necesitamos algo para ser felices nos volvemos cautivos de nuestras propias emociones

Empieza por ti mismo/a. Sé tú la persona que quisieras tener a tu lado… La que merece caminar los pasos de tu vida. Al final, llegará alguien que se reflejará en ti. No obstante, empieza también con estas importantes dimensiones:

  • Libérate de tus miedos.

  • Disfruta de tu soledad, aprende a leer en tu interior, a empatizar más contigo a la vez que con los demás.

  • Cultiva tu crecimiento personal, disfruta de tu presente, de lo que eres y de cómo eres.

  • Aprende a ser feliz con humildad, desactivando el ego, madurando emocionalmente.

Priorizarse uno mismo no es ser egoísta

Muchas veces seguimos siendo prisioneros de esos pensamientos limitantes explicados al inicio. Hay quien encuentra su felicidad dándolo todo por los demás: cuidando, atendiendo, renunciando a ciertas cosas por los demás. Es posible que nos educaran así. Ahora bien, siempre llega un momento en que hacemos balance y algo falla. Aparece el vacío, la frustración, el dolor emocional…

Como todo en esta vida, existe la armonía, la conjunción de tu espacio y mi espacio, de tus necesidades y nuestras necesidades. La vida en familia, en pareja o en cualquier contexto social, debe construirse mediante un adecuado equilibrio donde todos ganen y nadie pierda.

En el momento que hay pérdidas, dejamos de tener el control de nuestra vida, dejamos de ser protagonistas para convertirnos en actores secundarios.

Reflexiona durante un instante en estas breves ideas:

  • Merezco un día de descanso, para mí mismo, en soledad. Esto me ofrecerá lo que necesito: pensar, liberarme del estrés y relativizar las cosas.

  • Merezco ser feliz, tal vez sea el momento de dejar irdeterminadas personas, o aspectos de mi vida. Ello me permitirá conseguir lo que necesito: una nueva oportunidad.

Todos merecemos dejar de ser cautivos del sufrimiento, de nuestras propias actitudes limitantes. Abre los ojos a tu interior, descifra tus necesidades, escucha tu voz. En el momento que te permitas lo que mereces, llegará lo que necesitas.

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Para funcionar bien, el cerebro necesita desconectarse

El neurocientífico Facundo Manes advirtió que es necesario “no hacer nada” y hasta aburrirse, para contribuir a la salud de la mente.  El desafío intelectual, la vida social, dormir bien, ejercitarse y evitar el estrés.

El cerebro humano es la estructura más compleja del Universo, tiene más neuronas que las estrellas que existen en la galaxia, y todo lo que hacemos y nos define, depende de él. Así describe el neurocientífico Facundo Manes al órgano más fascinante del que disponen las personas, cuyo funcionamiento se dedica a investigar, pero también a difundir con tanto entusiasmo como claridad, en la convicción de que desentrañar las claves de nuestra mente nos ayuda a vivir mejor como individuos y como sociedad.

De visita en Córdoba para dar una charla sobre “El desarrollo personal y social” en el marco del ciclo Pensar el cerebro, Manes –director del Instituto de Neurociencia de la Fundación Favaloro– explicó qué hay que hacer para mantener la mente sana, y cómo la afectan dos males de este tiempo: multitarea e hiperconectividad.

¿Por qué es importante pensar el cerebro? 

–Por muchísimo tiempo no pensamos el cerebro, ya que por millones de años la especie humana se dedicó básicamente a proteger el territorio, conseguir alimento y cuidar a los suyos. Recién mucho después empezamos a pensar quiénes somos, para qué estamos, e inclusive qué nos hace humanos. Y ahí nos dimos cuenta de que todo lo que hacemos lo hacemos con el cerebro, y de que todo lo que somos depende del cerebro, y eso fue de alguna manera el motor en las investigaciones en neurociencias. De hecho, una pequeña lesión cerebral en un área estratégica nos puede llevar a perder la memoria, la identidad, la capacidad de hablar, o a cambiar la personalidad. Por eso co­nocer el cerebro es importante porque nos va a ayudar a comprender quiénes somos y a mejorar el aprendizaje, el trabajo en equipo y el desarrollo.

¿Qué puede hacer una persona para aprovechar al máximo su capacidad?

–No es una sola cosa sino varias las que hay que hacer para proteger al cerebro. Lo primero, cuidar que la glucemia y el colesterol estén en valores normales y evitar el sobrepeso.

Todo lo que ayuda al ­corazón le sirve al cerebro, entonces.

–Exactamente. Al cerebro también le hace bien el ejercicio físico, que además de ayudar al sistema vascular, genera nuevas conexiones neuronales, y es un buen ansiolítico y un buen antidepresivo. Y a su vez, hay que sumar el desafío intelectual, que es hacer algo que nos cueste: aprender un idioma, algo nuevo. Otro factor es la vida social, porque estar conectado con otra gente es muy impor­tante para el cerebro porque im­plica estímulos diferentes. Y la otra cosa es combatir el estrés crónico, que afecta al cuerpo y a la mente, y dormir bien, porque el sueño es salud. O sea que para que el cerebro funcione bien, hay que tener un sueño reparador. Hoy disponemos de datos de que la gente que no duerme bien tiene más riesgo de sufrir Alzheimer. Eso implica dormir las horas necesarias, aparte de relajarse, porque hoy, además, mucha gente se va a la cama con la oficina a cuestas: el celular, el iPad , el teléfono.

¿Cómo impactan el mul­titasking y la hiperconecti­vidad?

–La multitarea disminuye el rendimiento cognitivo. Mucha gente se confunde al pensar que haciendo muchas cosas al mismo tiempo va a ser más pro­ductivo, y es al revés. Ese es un mito que hay que erradicar porque el cerebro funciona mejor cuando se hace una cosa por vez. Un ejemplo que suelo dar 
es el de Franz Kafka, que era famoso por escribir un texto 
en pocas horas. Imagínalo hoy tratando de escribir rodeado 
de internet, noticias on line , y alarmas de twitter, Facebook y WhatsApp…

¿Qué efecto tiene entonces la tendencia a estar hiperconectados todo el día, todos los días? 

–La tecnología es fantástica, soy un enamorado de la tecnología moderna que nos facilita un montón de cosas. Además, el avance tecnológico es inevitable y hay que aprovecharlo, pero también tenemos que ser cuidadosos. Y esto implica estar desconectados de la tecnología una parte del tiempo que estamos despiertos, porque eso es muy importante para el cerebro.

¿Por qué? 

–Porque cuando está desconectado, cuando “no estamos haciendo nada” el cerebro trabaja muchísimo, y ese tiempo es clave para que procese la información que adquirió cuando estaba atento. Necesitamos desconectarnos de la tecnología para ser introspectivos, para poder pensar, para aburrirnos, para imaginar el futuro. Y sobre todo en el caso de los chicos: tienen que volver a aburrirse, a volver a imaginar, no pueden estar todo el día conectados.

¿En ellos la hiperconexión impacta de una manera diferente?

–No lo sabemos, porque el cerebro recién termina de desarrollarse después de los 20 años, y hay investigaciones aún en curso sobre qué impacto tendría en esa etapa. Pero en cualquier caso hay dos grupos ya sean niños o adultos: uno integrado por quienes ya tienen tendencias obsesivas, compulsivas o ansiosas, en los que se van a disparar más conductas de ese tipo; y otro, de personas que no tienen esas tendencias, a quienes el uso de la tecnología en forma moderada no los va a afectar, sino al contrario, va a ser un facilitador de un montón de cosas.

La última: ¿cuál es hoy, en su opinión, el mayor desafío que plantea el estudio del cerebro? 

–Creo que hemos aprendido ciertos aspectos de su funcionamiento, por ejemplo cómo tomamos decisiones, la memoria, el olvido, el lenguaje, la percepción. Pero todavía no tenemos una teoría general sobre el cerebro, de modo que el mayor desafío es construir una teoría general sobre cómo funciona nuestra mente, que es el órgano que nos hace humanos y que, además, es el único en el Universo que intenta entenderse a sí mismo.

Quién es Manes

Profesión. Es director del Instituto de Neurociencia de la Fundación Favaloro y rector de la Universidad Favaloro.

Estudios. Manes estudió en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y luego en la Universidad de Cambridge, Inglaterra (Master in Sciences).

*Si lo desea, puede leer la publicación: “Las quejas son un veneno para tu cerebro

La conexión intestino-cerebro es poderosa -Dr. Emeran Mayer-

Trastornos digestivos como el síndrome de intestino irritable, o neurológicos, como la depresión o el Alzheimer, pueden tener su origen en las alteraciones de la microbiota intestinal.

El Doctor Emeran Mayer es uno de los mayores expertos mundiales en las comunicaciones entre cerebro y sistema digestivo, investiga el efecto de distintas técnicas psicofísicas y él mismo las practica. Es gastroenterólogo, profesor de la Universidad de California Los Ángeles, y codirector del Centro de Investigación de Enfermedades Digestivas.

La ansiedad o el bienestar pueden originarse en el aparato digestivo

–Se suele decir que el aparato digestivo es nuestro segundo cerebro. 
–Y así es. La conexión intestino-cerebro, mente-cuerpo, es poderosa. Me parece maravilloso porque relaciona nuestro organismo con el entorno, con el medio en que vivimos. Nos conecta. La ansiedad o el bienestar que sentimos pueden tener su origen en el aparato digestivo. Por no hablar del efecto de los antidepresivos

–¿Qué ocurre con ellos? 
–El prozac y otros similares puede que actúen en el intestino y no en el cerebro, como se cree. Estos fármacos tratan de aliviar la depresión aumentando los niveles de serotonina. La mayoría de expertos considera que ese extra de este neurotransmisor en el cerebro es lo que ayuda a mejorar el estado de ánimo.

Pero el 95% de la serotonina en el organismo se encuentra en el sistema digestivo. Podría ser que esos fármacos estimularán la producción de serotonina en el intestino y cambiarán las señales químicas que se envían por el nervio vago al cerebro.

 El 95% de la serotonina en el organismo se encuentra en el sistema digestivo.

–El intestino influye sobre el cerebro, ¿y al revés? 
–También. Sabemos que el cerebro influye en los mediadores del estrés en el intestino y eso hace que cambien los microbios que albergamos.

–¿Hay algún momento en la vida en que esa relación entre cerebro e intestino sea más relevante? 
–Hay dos momentos en los que las bacterias desempeñan un papel más importante. En primer lugar, durante los primeros meses o años de vida, que es también cuando se está desarrollando el cerebro; en ese periodo, por ejemplo, el estrés de la madre o una infección puede afectar a la microbiota del niño.

Y en segundo lugar, al final de la vida, cuando se producen enfermedades neurodegenerativas, como Alzheimer o Parkinson, pues los cambios en la microbiota y en el intestino comienzan antes de que empiecen los síntomas neurológicos en ambas enfermedades.

–¿Qué suele recomendar a sus pacientes con trastornos como el síndrome de colon irritable?
–Que lo mejor que pueden hacer para cuidar de su salud es practicar algún tipo de meditación, como mindfulness, también yoga o alguna técnica de reducción del estrés. Asimismo, claro está, que vigilen su alimentación.

Si eres una persona muy estresada y sufres ansiedad, es muy importante que sigas una buena dieta, equilibrada, muy rica en verduras y frutas. Es como un pez que se muerde la cola: si sientes ansiedad, eso provoca en el intestino contracciones y secreciones que cambian la microbiota intestinal y entonces ésta produce diferentes metabolitos que van al cerebro. Y así.

Lo mejor que se puede hacer por la propia salud es practicar algún tipo de meditación, como mindfulness, también yoga o alguna técnica de reducción del estrés.

–¡Un círculo vicioso! 
–Pero se puede romper, tanto por arriba, actuando sobre el cerebro, como por abajo, haciéndolo sobre el intestino. La meditación es una excelente manera de conseguirlo y, además, a los pacientes les encanta. Eso sí, cuando la gravedad del estado del paciente es superior les recomendamos que sigan una terapia psicológica cognitiva.

Justo ahora estamos haciendo un estudio para averiguar si la meditación y la terapia cognitiva modifican la comunidad de bacterias de su intestino. ¡Son tiempos realmente fascinantes en medicina!

*Si lo desea, puede leer la publicación: Aparato digestivo ¿por qué enfermamos? 

En el amor hay quien solo usa la lupa, cuando lo que necesita es un espejo

Hay quien en eso del amor actúa casi como un auténtico francotirador. Una de sus estrategias más comunes es poner la lupa sobre la pareja para señalar defectos, errores y los supuestos puntos débiles hasta el punto de invalidarla.

Es el paradigma del cobarde, de la persona que no entiende que, en el amor, más que lupas lo que se necesitan son espejos. En lo referente a las relaciones afectivas nadie puede enarbolar la bandera de la sapiencia absoluta. La mayoría hemos rodado más de una vez por el precipicio de los errores con toda la caballería de sueños y esperanzas detrás de nosotros, hemos naufragado incluso en el océano de los amores imposibles y también en el de las pasiones cobardes, esas que no se atrevieron a darlo todo por miedo o por simple indecisión.

“El comportamiento es un espejo en el que cada uno muestra su imagen” -Goethe-

Ahora bien, hay un tipo de relación que suele causar más estragos que cualquier otra, y es esa donde un miembro de la pareja -a veces incluso ambos- actúan como auténticos de-constructores de identidades. Son esos perfiles que focalizan su atención en todo aquello que no les agrada o les incomoda de la pareja con el fin de cosificar, ridiculizar y controlar al cónyuge. Lo hacen porque es así como asumen las riendas, como logran maquillar su autoestima herida.

Casi sin darnos cuenta, quedamos atrapados en una rueda de hámster donde la propia inercia nos arrastra, nos diluye y nos atrapa ad eternum en una peligrosa dinámica de infelicidad. Una dinámica en la que quien siempre lleva la lupa en la mano, es incapaz de mirarse ante el espejo para descubrir sus pozos sin fondo, sus abismos de inmadurez.

LA COMPLEJA SUPERVIVENCIA DEL AMOR: TODA LA CULPA LA TIENE LA OTRA PERSONA

Howard Markman es profesor de psicología en la Universidad de Denver y uno de los investigadores más conocidos sobre relaciones de pareja. En el mercado editorial tenemos un gran número de trabajos suyos que nos ilustran con precisión y originalidad muchos de problemas afectivos que se dan en el marco de lo común y lo cotidiano.

Una de las ideas más interesantes que nos explica el doctor Markman es que la mayoría de personas que acuden a terapia de pareja van convencidas de que toda la responsabilidad de los problemas y la infelicidad experimentada es del cónyuge. Asimismo, albergan también la infructuosa esperanza de que el terapeuta lo que va a conseguir es sanarles, o más concretamente, “curar” ese comportamiento equivocado que ejerce nuestra pareja. Si fuera por ellos, y lo que muchas veces esperan del profesional, es que les dé la razón y llame a consulta a su pareja para tirarle de las orejas por su mal comportamiento.

Ahora bien, detrás de un problema de pareja no suele haber un problema de salud mental, más bien suele haber un problema en la dinámica relacional. Una dinámica que han construído e instalado los dos, mediante la que se relacionan.

Para el doctor Howard Markman las quejas que llegan a consulta relacionados con la pareja suelen estar asociados también a determinadas carencias en educación emocional y habilidades psicológicas. Así, lo que propone es que desde bien temprano se introduzca en currículum de las escuelas un área específica llamada psicoeducación”.

La finalidad de la psicoeducación tendría como propósito aportarnos estrategias, herramientas y habilidades para ser capaces de ayudarnos a nosotros mismos. Sería, por tanto, aprender a poner el espejo en uno mismo para identificar los propios miedos, las inseguridades y, lo que no menos importante, derribar todos esos roles rígidos y esquemas de género que nos impone la propia sociedad.

No podemos olvidar, por ejemplo, que en materia de amor, hay quien se deja llevar por esos esquemas prefabricados, incluso heredados de las propias familias, donde asumir aquello de que es “mejor callar y aguantar un poco más”, de que “si no hace esto y lo otro es que no me quiere, y por tanto me enfado y me impongo porque yo mando”…

Se trataría, en esencia, de asentar unas bases de adecuada calidad humana y auto-conocimiento para cuidar de nosotros mismos y aportar así nuestra mejor versión y fortalezas a las relaciones de pareja.

El amor no cura si uno mismo no se ama

En ese tejido rico, complejo y siempre en crecimiento que conforman las relaciones afectivas, siempre habita un pequeño reservorio para los conflictos. Lejos de verlo como algo negativo -como el virus que puede dar pie a una enfermedad debemos asumirlo como un motor que nos permitirá conocernos mucho mejor para crear un vínculo mucho más fuerte, un tejido más resistente.

El amor nos empuja a tener fe en los demás y el mismo respeto que se tiene por la propia -Mahatma Gandhi-

Los conflictos ponen en movimiento las fibras más sensibles de nuestro ser, lo sabemos, pero a menudo, lo hacemos poniendo la lupa en los supuestos defectos del otro de una forma casi obsesiva, delirante. Lo hacemos sin ser conscientes de nuestra “cuota” de responsabilidad emocional, sin darnos cuenta que a veces, avanzamos por el mundo tan desnudos y con tanto frío que lo único que deseamos es que alguien sea nuestro vestido, un refugio sin fisuras, una segunda piel capaz de curar toda herida.

Sin embargo, debemos tenerlo claro: esta fórmula nunca funciona. Porque quien actúa también como “dador”, quien solo se siente útil cuando es necesitado, está anclado a una relación dependiente, a esa rueda de hámster de la que hablábamos al inicio donde tarde o temprano, nos faltará el aliento, la vida y la dignidad. Porque quien está ahí solo para ofrecer vivirá siempre bajo esa lupa exigente que busca la perfección absoluta para nutrir vacíos y necesidades ajenas…. Y lo que es peor, nunca se sentirá satisfecho.

No lo permitamos, pongámonos todos delante del espejo para reencontrarnos con nosotros mismos y con nuestra autoestima. No nos dejemos arrastrar a ese territorio donde el peaje para ser amado es la propia infelicidad.

Causas emocionales de la ludopatía: adicción al juego

La ludopatía, llamada también ludomanía o jugador compulsivo, consiste en una incontrolable necesidad de jugar juegos de azar, afectando el comportamiento del jugador de forma negativa y no productiva. 

Se trata de una adicción al juego que es motivo de muchas peleas, discusiones, descuido del hogar, despilfarro del dinero, desatención personal y social (alimentación, relaciones familiares, sexo, salud, etc…), etcétera, provocando divorcios y otras consecuencias severas. Esta afección se ha relacionado con adicciones como el alcoholismo o drogadicción.

Un jugador compulsivo tiene todo su enfoque en el juego. Sin duda, la distracción es muy fuerte y, como toda adicción, incontrolable. Muchos pensarían que este impulso es una cuestión que implica meramente una necesidad de ganar dinero, pero parece que va más allá, es decir, que el jugador compulsivo juega muchas veces por el sólo placer de estar jugando, y no se es capaz de parar.

El jugador compulsivo es atrapado, entonces, por una actitud impulsiva e incontrolable para aceptar riesgos, pierde consciencia progresivamente de la realidad y comienza a actuar contra su propia razón y sentido común para obtener, constantemente y de forma ansiosa, el dinero para jugar, el cual escapa de sus manos rápidamente.

¿Por qué se padece está adicción?

Como toda adicción, lo más probable es que el jugador compulsivo experimente un dolor emocional severo, puede ser un dolor de rechazo, de no adaptación, de incomprensión, de falta de amor. Al resistirse muchas veces a buscar ayuda profesional o al no tener una orientación adecuada que le ayude a entender sus emociones, encontrará una forma de escaparse ya sea a través del alcohol, las drogas u otros placeres pasajeros como el juego compulsivo.

Las adicciones son formas en que el individuo trata de menguar un dolor emocional fuerte por medio de un supuesto placer. Un jugador compulsivo sin duda intenta atenuar y apartar su inconformidad, soledad, ira o rebeldía con estos momentos de distracción, en donde la carga de adrenalina sube tanto que en verdad hace “olvidarse” al jugador de todo lo demás. El descuido de su salud, de sus relaciones y demás sólo refleja la evasiva a su mismo dolor.

Sin embargo, es inútil apartar el dolor por este alejamiento sino que se engrandece, por lo que en el jugador va aumentando la necesidad de jugar y jugar y jugar. Es por eso que en muchos casos esta adicción va acompañada también de alcohol, de drogas, sexo y todas las evasivas posibles. Los estados emocionales del afectado tienden a ser indiscutiblemente depresivos, y esto lo expresan de muchas formas, con rebeldía, mal carácter, se sienten afectados o víctimas constantemente por lo que les rodean y agreden o se agreden a si mismos, llegando en muchos casos a la violencia. Estos comportamientos los hace ir cayendo cada vez más en un estado de soledad o aislamiento que los hace necesitar más de estímulos externos para aislar su dolor.

Síntomas:

• Sentir ansiedad o desesperación de conseguir más dinero para jugar.
• Necesidad de apostar cantidades cada vez más grandes de dinero.
• Sensación de soledad, frustración y/o dolor después de jugar.
• Haber intentado jugar menos muchas veces, sin conseguirlo.
• Mentir sobre la cantidad de tiempo o dinero gastada en el juego.
• Cometer acciones no legales para conseguir dinero para el juego. 
• Desatención y/o pérdida del trabajo, relaciones, estudios debido al juego.

¿Qué se puede hacer?

Las causas que llevan a una persona a esta adicción pueden venir desde mucho tiempo atrás: en especial, la falta de cultura emocional para que el individuo vaya entendiendo y madurando los sentimientos de frustración, dolor, depresión y todas esas experiencias en la vida que pueden resultarle intolerantes y que más tarde le condicionan a escaparse de lo que siente.
Lo ideal es consultar con un profesional en el caso y llevar al afectado directamente con él. Sin embargo, la posible resistencia de la persona a ser ayudada resulta muchas veces un gran impedimento. En este caso es importante que las personas que rodean al jugador compulsivo eviten sentirse culpables, decaídas o desesperadas por el comportamiento de éste. En realidad estas actitudes no ayudan en nada y lo único que harán es aumentar un ambiente de tensión y depresión. Lo mejor es no permitir que uno hunda a todos.

Sin embargo, cuando hay disposición del afectado a ayudarse, se puede no sólo buscar ayuda profesional, sino seguir estos consejos a medida que sean posibles.

Si tú eres un jugador compulsivo y ya no quieres serlo, puedes seguir estos consejos:

1. Debes de estar muy consciente de tu situación y no negarla ni rechazarla, sino admitirla. No la veas como algo malo o reprobado, y no te castigues por jugar sin control. Admite lo que haces, simplemente.

2. Haz el esfuerzo por realizar una actividad física al menos una hora al día, corre, ve al gimnasio, nada y anda en bici, lo que sea, aunque después te vayas a jugar. Díte a ti mismo: no iré a jugar si no cumplo con esta sesión de ejercicio. Esto, además de oxigenar tu cerebro y vigorizarlo, te ayudará a ir educando tu mente. 

3. Busca lecturas que te hagan comprender mejor lo que sientes y que te hagan profundizar más acerca de todos los talentos que tienes.

4. Busca alguna clase de música, de baile, de algún otro idioma o de alguna actividad que te distraiga, te guste y te mantenga ocupado creativamente. Al principio quizá no sientas muchas ganas, hay que hacer mucho esfuerzo para vencer una adicción, cierto, pero al comenzar a relacionarte en un nuevo ambiente poco a poco irá cambiando tu perspectiva emocional. No te decimos que nunca más juegues, porque el jugar es algo muy interesante y la emoción de ganar también. Pero recuerda que el juego se acaba donde empieza la dependencia…

5. Hay muchas terapias alternativas que te pueden ayudar y apoyar, como las Flores de Bach, el reiki, la fitoterapia y la bioenergética. La medicina natural es ideal para ayudarte no solo a sentirte mejor y bajar tu ansiedad, estrés, e impulsividad, sino a entender y madurar tu energía emocional, la cual está íntimamente relacionada con la adicción al juego.

“Toda adicción surge de una negativa inconsciente a enfrentar el dolor y salir de él. Toda adicción comienza con dolor y termina con dolor. No importa a qué sustancia sea usted adicto: alcohol, comida, drogas legales o ilegales, o a una persona, usted está usando algo o a alguien para ocultar su dolor” (Eckhart Tolle)

*Si lo desea, puede leer la publicación: “Taller online gratuito de Atención Plena o Mindfulness: 4 vídeos explicativos y 7 audios guiados

¿Por qué tejer y bordar es excelente para tu cerebro?

Favorece el crecimiento neuronal y la mente entra en un estado conocido por los neurocientíficos como flow, un sentimiento de plenitud de la atención

Uno de los escenarios más recurrentes en mi infancia era subir las escaleras para encontrar a mi mamá tejiendo en un sillón a mitad de la tarde. Pertenezco a una familia tradicionalista mexicana y mis tías también pasaban largas horas en el rancho conversando, todas, entre un café y un tejido.

Luego de rechazar por años esta costumbre, que me parecía algo sexista por mi contexto, a los 22 años sucumbí y comencé a tejer. Encontré que al tejer uno “piensa y no piensa”; así es, como un vaivén mental delicioso al ritmo de las manos, en el que uno “está y no”. De algún modo, el tejedor olvida al individuo (que no es) y entonces se encuentra en un ritmo placentero que trasciende a la persona.

Los beneficios son la relajación, contemplación y simplicidad. Uno encuentra que las cosas muy pequeñas son grandes potenciales de satisfacción.

Los beneficios de tejer según la neurociencia

El movimiento repetitivo de tejer, en mancuerna con el sentimiento de crear algo, hace que el cuerpo genere dopamina (el neurotransmisor de la recompensa), endorfinas (que producen una sensación de bienestar, liberadas también durante el ejercicio) y serotonina (asociada con el buen humor). Los beneficios de tejer se han vinculado a los de la meditación.

Uno de los estudios más famosos respecto a tejer es el del terapeuta británico Betsan Corkhill. Éste aplicó una encuesta entre más de 3 mil tejedores y encontró que, además de que la mayoría reportó sentirse más contento luego de tejer, los que lo hacían hasta tres veces por semana estaban más felices, calmados y desestresados.

Tejer también ayuda a la regeneración neuronal, parecido a los efectos de los conocidos “juegos mentales” como los crucigramas, a su vez ligados a la memoria y el mejor funcionamiento congnitivo. Es un antidepresivo porque contribuye a que las personas estén más atentas al momento presente, y ello ocurre de una manera muy discreta… En mi experiencia no pasa que “dejes de pensar”, más bien sucede que los pensamientos son como una voz desapegada y lejana; como un juego, como cuando éramos niños.

*Si lo desea, puede leer la publicación: “El silencio es indispensable para regenerar el cerebro

Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia

La indiferencia llega a una relación de pareja de forma pausada pero implacable.

Es un silencio amargo donde habita la incertidumbre, la añoranza de lo que antes era cotidiano y cómplice, y que ahora nos falta. Porque lo contrario del amor no es el odio, sino ese sentimiento capaz de rompernos en mil fragmentos llamado indiferencia.

Las relaciones “mueren” por muchas razones, lo sabemos y no hay duda de que todas suponen una alta carga de sufrimiento para la que nadie está preparado. No obstante, podríamos decir que es precisamente ese vacío, esa actitud pasiva y fría de la otra persona respecto a nosotros lo que suele generar mayor desesperación y ansiedad.

El amor suele tener tres enemigos: la indiferencia, que nos quita el aliento poco a poco, la indecisión que nos impide avanzar, y la desilusión que lo termina todo casi al instante.

Cada uno de nosotros podemos reaccionar de un modo ante ante un rechazo o una traición, pero…¿Cómo afrontar el vacío emocional de la indiferencia? No es fácil, de ahí, que siempre se intente encontrar una razón, un porqué a ese distanciamiento afectivo. Aunque en realidad no siempre hay un motivo para el desamor, en ocasiones, simplemente, se apaga, se ahoga como un sol crepuscular que queda sin aliento…

La indiferencia ocasiona serios efectos secundarios

La salud de una pareja, como todo organismo vivo y necesitado de alimento vital, necesita reforzar su estructura, su relación. Todo ello se consigue mediante esos rituales cotidianos, orlados de complicidad, en los que se inscriben los gestos que nos conectan, las palabras que nos refuerzan, las caricias que nos reconocen y espacios comunes habitados por una necesitada cercanía física y emocional.

Ahora bien, en ocasiones, casi sin saber por qué, hacemos uso del silencio o de la no intervención delegando en el otro para que haga, diga y actúe. Empezamos a dar por sentados los sentimientos e incluso las respuestas a preguntas que ya no formulamos. Poco a poco, se priorizan pequeñas cosas y se descuidan grandes aspectos.

Si hemos de hablar de un experto en materia de relaciones afectivas es casi inevitable no nombrar a John Gottman y su teoría de los “4 jinetes del apocalipsis”, sobre las razones que llevan a una pareja hacia el abismo del distanciamiento.

No te extrañará saber que entre estos pilares, además de las críticas, el desprecio y la actitud defensiva, esté también “la indiferencia”, esa conducta evasiva que mira hacia otro lado, y que crea grandes abismos de incertezas. Todo ello, todo este vacío emocional y frialdad afectiva genera serias consecuencias del “indiferente” al “indiferenciado” que debemos conocer.

Consecuencias psicológicas de la indiferencia

Pero, ¿cuáles son entonces, las consecuencias a nivel psicológico de la indiferencia?

  • La actitud indiferente de nuestra pareja genera, por encima de todo, desconcierto y miedo. El amor entre dos personas necesita de la seguridad de unos afectos y unas costumbres con las cuales sustentar el propio vínculo.

  • Cuando nuestras expectativas sobre ese vínculo dejan de cumplirse, aparece la incertidumbre y el desasosiego. Dos dimensiones ante las que nuestro cerebro va a reaccionar con estrés y ansiedad emocional.

  • Cuando dejamos de recibir esa retroalimentación emocional, ese intercambio sutil y perfecto donde las respuestas del otro nos reafirmaban y fortalecían, quedamos como “paralizados”. Nos mantenemos a la espera, aguardando a que cambie la situación, algo tan agotador como destructivo

  • Si cometemos el error de interpretar la indiferencia como algo que “nosotros mismos hemos generado”, perdemos aún más el control de la situación. Nuestra autoestima decae y derivamos en un estado de indefensión muy peligroso.

Ya no siento dolor, ahora mi corazón está más yermo que nunca porque se ha resignado. Ahora solo siento indiferencia, que es la falta más absoluta y desoladora de sentimientos.

Cómo hacer frente al vacío emocional

Como suele decirse, la indiferencia mata, y aunque muchos la definan como una actitud pasiva que se abre paso poco a poco en una relación de pareja, en realidad, no es del todo cierto. El vacío emocional es un enemigo muy activo que debe identificarse de forma temprana para evitar que se instale y deshaga para siempre ese vínculo, esa unión con la persona que amamos, o bien con nosotros mismos al perder nuestra autoestima.

  • Una relación de pareja se mantiene siempre y cuando exista satisfacción personal a la vez que reciprocidad. Si nos sentimos bien, seremos capaces de invertir en el otro porque damos lo mismo que recibimos.

  • En el momento en que ese círculo armónico de reciprocidad se rompe, afecta de inmediato a la calidad del compromiso, a nuestra pasión y nuestra intimidad.

  • En una pareja, con uno solo que sea indiferente basta, y la indiferencia se intuye, se palpa y se sufre. De nada vale esperar a que las cosas mejoren, de nada vale hacernos falsas esperanzas. Hay que actuar.

En ocasiones, basta con hacer pequeños cambios, llegar a acuerdos para romper esa rutina en la que caen las relaciones de vez en cuando. Cualquier esfuerzo por salvar la relación es poco. No obstante, si somos plenamente conscientes de que no hay amor o que esa situación trae más sufrimiento que felicidad, será necesario poner distancia.

No merece la pena ser cautivos del desamor, de los sueños truncados de dos extraños que lo dieron todo y que al final, ese todo quedó en nada. La indiferencia duele y desconcierta, pero la cura el tiempo siempre y cuando seamos valientes para alejarnos cuando toca, cuando aún somos capaces de recordar que debemos cuidar de nosotros mismos.

*Si lo desea, puede leer la publicación: “Sentir distancia es algo más que estar lejos

La dermatilomanía: cuando hacerse daño se convierte en compulsión

La dermatilomanía, también conocida en inglés como: “Compulsive Skin-Picking” (CSP), es un desorden del control de los impulsos que mueve a la persona a tocarse, rascarse, pellizcarse o cortarse la piel, ya sea del rostro o del cuerpo. Muchas veces en el intento de eliminar pequeñas irregularidades o imperfecciones cutáneas que pueden ser reales o imaginarias. En una investigación reciente realizada en 2.530 adultos norteamericanos se observó que el 1.4% de ellos satisfacía los criterios diagnósticos de la dermotilomanía.

Vale aclarar que este comportamiento, que podemos poner en práctica de forma cotidiana y de manera un tanto automática, se convierte en patológico cuando asume el carácter de compulsión, cuando la persona lo vive como una necesidad imperiosa que no puede frenar y que, repitiéndose en el tiempo, aumenta su intensidad y frecuencia hasta provocar lesiones cutáneas visibles y permanentes.

Generalmente el rostro es la parte del cuerpo que suele ser centro de la dermatilomanía aunque otras áreas como los labios, el cuero cabelludo, las manos y los brazos también suelen verse afectadas.

La persona afectada por la dermatilomanía en sus inicios suele mostrar una atracción poco común y persistente hacia alteraciones cutáneas tan normales como el acné, las manchas, las picaduras de insectos o las costras que suelen salir en las pequeñas heridas. Cuando llega a un punto patológico, la persona incluso comienza a dañarse partes de la piel totalmente sanas pues según su percepción tienen un defecto, aunque nadie más lo puede observar.

Usualmente estas personas se dañan la piel con los propios dedos aunque también pueden usar pinzas, palillos o cualquier otro utensilio que tengan a mano.

Esta patología puede hacer su aparición a cualquier edad, lo mismo en la adolescencia que en la tercera edad y puede extenderse durante meses o años. En algunos casos las personas refieren un evento particularmente estresante como factor desencadenante. Así, la ansiedad, el estrés, el miedo, la excitación o el aburrimiento son los principales factores que dan pie a la dermatilomanía.

Como en la mayoría de las compulsiones, una vez que la persona ha satisfecho su necesidad, experimenta cierto grado de placer y gratificación por el simple hecho de que ha liberado una tensión que lo compulsaba a hacerse daño en la piel. De esta forma, este comportamiento funge a la misma vez como excitante y calmante. Vale aclarar que para algunas personas este comportamiento resulta una suerte de “hechizo mental ya que pueden pasarse minutos u horas totalmente ensimismados en esta tarea y ajenas al mundo que le rodea.

No obstante, uno de los factores que se ha relacionado con la dermatilomanía es el perfeccionismo pues inicialmente el acto aparece bajo la forma de eliminar las imperfecciones cutáneas aunque con posterioridad “el remedio sea peor que la enfermedad.

Al final, este trastorno resulta altamente discapacitante a nivel social ya que en sus inicios la persona puede esconder sus cicatrices con el maquillaje pero con el curso del tiempo, si no se solicita ayuda especializada, las marcas se acrecientan y la persona tiende a evitar el contacto social para no ser observada y descubierta.

Con fines eminentemente diagnósticos, debe puntualizarse que los especialistas aún discuten si la dermatilomanía debe encuadrarse como un trastorno del control de los impulsos o como un trastorno del espectro obsesivo-compulsivo, sobre todo porque aproximadamente el 15% de los pacientes que sufren un trastorno obsesivo-compulsivo también presentan la dermatilomanía.

Sin lugar a dudas la dermatilomanía tiene elevados índices de comorbilidad con la tricotilomanía (arrancarse el cabello) y la onicofagia (comerse las uñas), 36.7% y 26.7% respectivamente. Estas relaciones hacen que otros psicólogos encuadren la dermatilomanía dentro de los comportamientos repetitivos focalizados sobre el cuerpo” y abogan porque ésta sea una categoría diagnóstica independiente.

Como puede presuponerse, la terapia cognitivo-conductual, específicamente el Habit Reversal Training, suele ser muy eficaz para controlar esta patología aunque también se suele utilizar con excelentes resultados las terapias basadas en el Mindfulness.

*Si lo desea, puede leer la publicación: “GRATIS Reto de Mindfulness: 4 vídeos explicativos y 7 audios guiados” 

El silencio es indispensable para regenerar el cerebro

El silencio ha sido fuente de muchas reflexiones a lo largo de todas las épocas. Al mismo tiempo hemos saturado los sitios en los que vivimos con tantos ruidos que cada vez es más complicado encontrarlo. Esto hace que cada vez sean más las personas que al no escuchar ruidos experimentan un abismo dentro de ellas mismas.

Tenemos un oído que actualmente está hiperestimulado. Lo más grave es que casi todos esos estímulos auditivos que recibimos del exterior son más o menos alarmantes. Rugidos de coches, bullicio, músicas estridentes, pitos, timbres… en fin… nada que inspire tranquilidad.

“La arena del desierto es para el viajero fatigado lo mismo que la conversación incesante para el amante del silencio” (Proverbio persa)

Más allá de que esto incida en nuestro estado emocional, la ciencia también ha comprobado que afecta el cerebro. Según un estudio llevado a cabo en Alemania por el  Research Center for Regenerative Therapies Dresden hay procesos cerebrales que solo se pueden llevar a cabo en silencio.

Hasta hace poco se pensaba que las neuronas eran incapaces de regenerarse. Sin embargo, con el desarrollo de la neurogénesis se ha comprobado que esto es un error. Todavía no está muy claro qué es exactamente lo que promueve la regeneración neuronal y cerebral. Pero ya hay pistas valiosas al respecto y una de ellas es el silencio.

Experimentando con el silencio

Los investigadores alemanes hicieron en principio un experimento con un grupo de ratones. El estudio consistía en dejarlos en completo silencio durante dos horas al día. Al mismo tiempo se haría una observación de sus cerebros para ver si esto originaba algún cambio.

El resultado fue contundente. Tras un tiempo de estar sometidos a esta rutina, pudo observarse que en todos los ratones estudiados se había producido un crecimiento del número de células dentro del hipocampo. Esta es la región del cerebro que regula las emociones, la memoria y el aprendizaje.

Los expertos también constataron que las nuevas células nerviosas se integraban progresivamente al sistema nervioso central y que luego se especializaban en diferentes funciones. En conclusión, el silencio había producido un cambio muy positivo en el cerebro de los animales.

El silencio ayuda a estructurar la información

El cerebro nunca descansa, incluso cuando en un estado de calma estamos completamente quietos o dormimos. Este maravilloso órgano sigue funcionando, pero de una manera diferente. Cuando el cuerpo descansa comienzan a desarrollarse otros procesos que complementan los que se realizan cuando estamos activos.

Lo que sucede básicamente es que se produce una especie de depuración. El cerebro evalúa la información y las experiencias a las que hemos estado expuestos a lo largo del día. Luego organiza e integra la información relevante y desecha lo que no es importante.

Este proceso es completamente inconsciente, pero produce efectos conscientes. Por eso sucede que a veces encontramos respuestas durante el sueño. O logramos ver las cosas desde un nuevo punto de vista, después de haber descansado algunas horas.

Lo interesante de todo esto es que un proceso similar también se produce cuando estamos en silencio. La ausencia de estímulos auditivos tiene casi el mismo efecto que el descanso. El silencio, por lo general, lleva a que pensemos en nosotros mismos y esto depura las emociones y reafirma la identidad.

Los importantes efectos sobre el estrés

El silencio no solamente nos vuelve más inteligentes, creativos y seguros, sino que también tiene efectos muy positivos sobre los estados de angustia. Los seres humanos somos supremamente sensibles al ruido. Tanto, que muchas veces despertamos sobresaltados por un objeto que cayó o por un sonido extraño.

Una investigación que se realizó en la Universidad de Cornell encontró que los niños que viven cerca de los aeropuertos mantienen un elevado nivel de estrés. Y no solo esto. También tienen una presión arterial más alta y presentan altos índices de cortisol, la hormona del estrés.

Por fortuna, también ocurre lo contrario. Y esto lo evidenció un estudio de la Universidad de Pavia, en el que se verificó que tan solo dos minutos de silencio absoluto son más enriquecedores que escuchar música relajante. De hecho, se evidenció que la presión sanguínea disminuía y que las personas lograban sentirse más despiertas y tranquilas después de este pequeño baño de silencio.

Como se observa, el silencio produce grandes beneficios tanto intelectuales como emocionales. Podríamos afirmar que mantenerte en silencio, al menos por pequeños lapsos al día, es un factor determinante en la salud cerebral. Y con ello, un elemento decisivo para mejorar nuestro estado emocional, salud y calidad de vida.

  • Imagen cortesía de Magdalena Berny
  • Fuente: Edith Sánchez (Escritora y periodista colombiana) lamenteesmaravillosa.com

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Personas que no aportan nada ¿Cuándo dejarlas marchar?

“Cuando el amor aprieta, es que no es de tu talla”

Esta frase, que leí en algún lugar, se me ha quedado impresa porque recurre a un símil particularmente esclarecedor. Cuando vamos a la tienda y nos probamos un par de zapatos o un vestido, si nos queda chico, pedimos una talla mayor, nos damos cuenta inmediatamente de que no está hecho a nuestra medida y debemos cambiar. Sin embargo, lo que resolvemos en cuestión de segundos en una tienda puede llevarnos años cuando se trata de las relaciones interpersonales. Y es que normalmente nos aferramos a las personas y a las experiencias que hemos vivido con ellas, aunque nos hagan daño o ya no nos aporten nada gratificante.

A veces nos resistimos a aceptar que hay relaciones que están heridas de muerte y prolongar su agonía solo implica hacerse daño innecesariamente, es como hurgar en la herida para provocar más dolor. Cuando una persona no nos aporta nada, lo mejor es dejarla marchar. De esta forma ambos podremos pasar página con mayor rapidez y mirar al futuro.

Las señales que indican que una relación ha llegado a su fin

-Los intereses han cambiado. A veces conocemos a personas en determinadas etapas de nuestra vida, personas con las cuales conectamos inmediatamente pues descubrimos gustos e intereses comunes. Sin embargo, con el paso del tiempo todos cambiamos y no es difícil que desarrollemos intereses distintos que nos alejen. Cuando sentimos que “nada es lo mismo”, ha llegado el momento de replantearnos el sentido de la relación, sobre todo si la otra parte ya ha decidido que la separación es el mejor camino.

-Los acuerdos son una misión imposible. Hay relaciones en las que cada una de las partes quieren cosas diferentes por lo que llegar a un acuerdo es casi imposible. En estos casos lo usual es que las discusiones sienten casa, se convierten en pan cotidiano y terminan afectando el equilibrio psicológico de todos los implicados. Cuando en vez de disfrutar del tiempo que pasamos con el otro, lo empleamos en discutir, ha llegado la hora de dejar ir esa relación pues aporta más cosas negativas que positivas.

-La confianza se ha esfumado. En cualquier tipo de relación, ya sea de pareja o de amistad, la confianza y la sinceridad son pilares fundamentales. Cuando se deja de confiar en el otro se comienza a desarrollar una relación basada en las dudas, la incertidumbre y el recelo. Este tipo de relación no es beneficiosa para nadie y, a la larga, si la confianza no se recupera, solo provocará dolor ya que es probable que ambas partes se hagan daño.

-El peso de la relación recae sobre una persona. Cuando sientes que eres el único que lucha para que la relación funcione, que llevas todos los problemas sobre tu espalda porque la otra persona no pone de su parte, ha llegado el momento de poner punto final. Una relación solo es satisfactoria cuando ambas partes están comprometidas y dispuestas a cambiar o a trabajar para solucionar las dificultades. Si solo una persona arrastra con el peso de los problemas, es porque el otro ha perdido el interés y eso significa que no tiene sentido seguir luchando por algo que ya no existe.

¿Por qué nos aferramos a este tipo de relaciones?

-Nostalgia. En muchas ocasiones nos aferramos a una relación simplemente porque hemos vivido buenos momentos y, cuando los recordamos, nos invade la nostalgia, un sentimiento que nos da la falsa sensación de seguridad. Simplemente preferimos mantenernos atados al pasado en vez de mirar al futuro.

-Miedo. Dejar ir a una persona que ha estado a nuestro lado durante mucho tiempo puede ser aterrador por lo que en ocasiones preferimos a “un malo conocido que a un bueno por conocer”. La creencia de que el futuro es incierto o de que no encontraremos a otra persona nos genera tal desasosiego que preferimos mantener el estado actual de las cosas.

-Hábito. Las relaciones que se han mantenido durante años han ido construyendo a su alrededor una serie de hábitos que han echado raíces. Abandonar estas costumbres y apostar por el cambio puede dar pereza y por eso, a veces preferimos quedarnos en nuestra zona de confort, al lado de una persona que en realidad ya no nos aporta nada.

-Esperanza. Detrás de la esperanza casi siempre se encuentra el amor, muchas personas se aferran a relaciones heridas de muerte simplemente porque tienen la esperanza de que el otro cambie. Sin embargo, recuerda que tampoco se le pueden pedir peras al olmo.

Dejar ir: Un proceso liberador

Cuando en una relación se llega al punto en el cual esta no nos reporta prácticamente nada positivo sino que se ha convertido en una carga de tensión, negatividad y problemas, lo mejor es dejar que esa persona se marche.

Al contrario de lo que muchos piensan, cuando ponemos ese dejar ir en la balanza, no suele ser doloroso sino liberador. Después de meses de discusiones, desencanto y estrés, poner punto final es un alivio. Por supuesto, eso no significa que sea sencillo y mucho menos fácil pero en muchas ocasiones es la única solución para poder continuar adelante.

*Si lo desea, puede leer la publicación: “Vampiros energéticos